Ir al cine con niños

Cuando uno tiene un bebé organizar una salida es más que complicado, y más si uno es padre soltero. En este caso ir al cine es casi un imposible, pero por más que resulte difícil se puede.

Arribamos al shopping cerca de las 10 de la mañana porque en ese horario no hay mucha gente que se pueda quejar demasiado de nosotros. “¿Qué peli querés ver hijo?” le decís emocionado y él elije una de haditas o enanitos violetas que ve en los carteles de "próximos estrenos", pero desafortunadamente papi tiene que ver algo actual porque sino lo van a despedir de la revista para la que hace críticas y tendríamos que mudarnos a una caja. Te acercás a la boletería y le pedís un adulto y un menor para Iron man 3 (lo más zafable para que soporte un niño y sin escenas de sexo). Antes de entrar compramos los pochoclos y la bebida tamaño extra grande. Le pagás a la chica como podés porque te cuesta sacar la billetera del bolsillo con el bebé en brazos. Después de unos minutos en los que ella te mira con cara de impaciente lo lográs y te dan la bandeja. Nadie se percata que otra vez tenés que hacer equilibro con el bebé. Entregás la entrada y cuando vas a entrar a la sala sentís un olorcito que no son los pochoclos recién horneados. Hay que cambiar al bebé y en el baño de hombres no hay cambiador. Como podés apoyás el cambiador portátil en el lavamanos y rezás que no entre nadie. Lo limpiás y cuando estás por terminar el nene mete la mano en el pañal sucio y te mancha la remera de porquería. “Asi es la vida” solo te queda decir, y continúas vistiéndolo.

Cuando terminás de meter todo en el bolso te dan ganas de orinar, asi que te acercás a un urinal y con una mano tenés al nene a un costado y con otra hacés lo que tenés que hacer, pero se te zafa y sale corriendo al pasillo. Te subís la bragueta a mil por hora sin descartar que se moje todo un poco y salís atrás de él a toda velocidad. Hacés 10 metros y no lo ves, volteás y esta paradito justo en la pared al lado del baño. “Vamos papá” te dice angelicalmente.

Procedemos a entrar a la sala con la bandeja de mil kilos, pero antes pedimos un asientito de bebé que es un molde de plástico para que queden más altos en la butaca. Nos sentamos, acomodás el bolso, la bandeja, al nene en el asiento alto y suspirás. No te acomodes, el nene pide sacar del bolso a los 50 muñequitos que trajo para jugar y pretende comer pochoclos encima tuyo. Lo sentás en tus piernas y ves que un par de antisociales entran atrás tuyo. “Que ninguno se siente adelante pensás angustiado”, pero desafortunadamente pasa. La primera tanda de pochoclos va a parar a su cabeza y tu hijo no se da ni cuenta mientras se mete mano tras mano de comida en la boca. Saltan pochoclos por todos lados, en el piso, la ropa, las butacas, la gente. “Perdón por los pochocos” te limitás a decir, pero lo que en realidad querés decir es “Perdón por traerlo al cine, no tenía a nadie con quien dejarlo”. Empieza la película y parece que todo va bien, el nene tranquilo hasta que se acaba la comida y la bebida tamaño jumbo jet. “Otro lugar papá” te dice y se baja corriendo. Recorre el pasillo de arriba a abajo y se mete entre las primeras filas. Vos bajás la cabeza y lo seguís lo más sigilosamente posible, pero ya escuchás a un par puteándote por el medio de la sala.

Nos sentamos adelante y parece que la cabeza nos va a estallar de lo grande que se ve la pantalla. Una ligera convulsión por el tamaño de los subtítulos y todo parece seguir bien. Mirás a un costado y desapareció. Volteás y está subiendo las escaleritas hacia los asientos más elevados. Salís corriendo y tu sombra se proyecta como la de un imbécil desesperado (y lo sos). Llegás a tiempo y te pide sentarte en la escalera. Nos quedamos ahí jugando con los muñequitos y nos perdemos partes importantes de la trama. Empieza a fastidiarse porque le da sueño y lo tenés que agarrar en brazos para calmarlo. Subís y bajas las escaleras, subís y bajás. Se durmió, pero también evacuó la bebida gigante que le rebalsó el pañal y te mojó todo el pecho. Bajás a tu lugar y te sentás como podés. Es el final y no hay que perdérselo. Ves lo que queda de los pochoclos y te da hambre pero tenés la mano llena de orina por sostenerlo. Los mirás por segunda vez y ya no te importa nada. Estirás la mano y agarrás un puñado bien grande para metértelo en la boca lo más rápido posible. Sabe agrio y un maíz sin cocinar te rompe una muela, pero no importa, es el final y lo estás viendo. “¿Y ese cuándo murió?”, no importa, la peli termina y empezás a juntar todos los juguetes desparramados por la sala.

“¿Dónde está Mickey?” pensás como un tarado hasta que te rendís y preferís comprarle otro. Llegás a tu casa haciendo malabares para subir y bajar del taxi con todas las cosas y para abrir la puerta sosteniendo todo con las axilas. “Hola papá” te dice tu hijo con cara de "ya dormí lo necesario para joder hasta las doce de la noche". “Hola hijo” decís con tu mejor cara de póker y en ese momento te das cuenta de que a pesar de todo este fue uno de los mejores días de tu vida. Porque ser papá es reír y llorar a la vez. Quedan pocas horas de luz y probablemente tengas que trabajar toda la noche, pero digan lo que digan valió la pena.

Nota publicada originalmente en el blog Monólogos de papá: http://www.monologosdepapa.com/2013/05/perdon-por-los-pochoclos.html

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